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Cultura Fabricada

 
Sin la Cultura, y la relativa libertad que ella supone, la sociedad,
por perfecta que sea, no es más que una jungla.

Albert Camus
14 de diciembre 1957
Universidad de Uppsala, Suecia.

La sociedad, entendida desde el punto de vista antropológico, ha generado a lo largo de su desarrollo una serie de evidencias que reflejan su evolución como un grupo social consolidado; esta especie de evidencias es conocida bajo el nombre de Cultura.

Las evidencias culturales que nos van definiendo a lo largo del camino van variando en sus orígenes y formatos; podemos encontrar mil y un variables que pueden ser consideras recursos culturales.

Por ahora nos ocuparemos de aquellas conocidas como bienes tangibles; es en ésta última categoría donde tienen cabida aquellos objetos de la vida cotidiana (hola diseñadores) como utensilios, mobiliario y productos de consumo, por mencionar solamente algunos cuantos.

¿Cómo ha sido todo esto, que hoy en día son los diseñadores los responsables “oficiales” de darle forma y sentido a esta parte de la Cultura? En algún punto del camino la tarea que antes hacían todas las personas (transformar su medio natural en un medio cultural) se volvió dominio exclusivo de una disciplina en particular, sin considerar siquiera que el acto de “crear” es inherente a la naturaleza humana. Pero bueno, no estamos aquí para quejarnos de hechos pasados, sino de hechos presentes, los que nos tocan a nuestras generaciones.

De esta manera, el Diseño y la Cultura han estado, desde siempre, íntimamente relacionados, siempre uno (el Diseño) como reflejo del otro (la Cultura). Sin embargo, a palabras de David Carlson, en tiempos recientes el diseño se ha consolidado como el promotor más evidente de un fenómeno socio-cultural llamado Industria Cultural.

La industria cultural o economía cultural es un concepto acuñado por Theodor Adorno y Max Horkheimer para referirse a la capacidad de la economía capitalista, una vez desarrollados ciertos medios técnicos, para producir bienes culturales en forma masiva, si, leíste bien, producir bienes culturales en forma masiva.

El Diseño se ha convertido en una etiqueta que garantiza la existencia de Cultura; al menos de una “Cultura Diseñada”, que ahora es capaz de representar tanto el emblema de prosperidad como de legitimación de áreas de regeneración urbana con miras a ganar un reconocimiento por un supuesto cambio social.

La Cultura, antes vista como un gusto marginado a aspectos decorativos o de prestigio, empieza a moverse mucho más cerca del centro de la gestión de políticas nacionales gracias a su capacidad de convertirse en una potencial fuente de ingresos económicos. Hoy más que nunca “conviene” hablar de Cultura.

Dentro de este fenómeno de la Industria Cultural, El diseñador se ha convertido en una especie de “dealer de cultura”, un guía que viene al mundo a orientarlo, proveyendo modelos que avalan su existencia en la subjetividad de la información; tanto así que el diseñador hoy tiene en sus manos la capacidad de definir modelos que influyen en la formación de personalidades individuales, moda e incluso el comportamiento de una sociedad entera.

Solamente basta mencionar ejemplos como el de fechas comerciales donde se hace alusión al amor y la amistad, a la celebración de nuestra progenitora o incluso a tradiciones religiosas, donde el acto de diseñar se enfoca a la creación de productos superfluos, a promover el deseo de consumir y acumular bienes materiales, en lugar de buscar la creación de objetos, cosas, productos capaces de garantizar que la calidad de vida así como el pensamiento de la sociedad mejore gracias a ellos.

Recuerdo que en alguna ocasión leí una entrevista al diseñador japonés Naoto Fukasawa, donde el habló sobre su ética de diseño:

“Yo comprendo cual es mi rol sobre mejorar nuestra calidad de vida… yo me he involucrado cada vez más en la vida actual de las personas, y he empezado a considerar el bienestar de nuestras vidas en una realidad que pertenece a todos por igual, en lugar de predecir cualquier realidad que puede llegar a pasar…”

Cuando reflexionamos esto y confrontamos a un diseñador involucrado en este tipo de proyectos, se puede llegar a escuchar respuestas que intentan argumentar que los objetos son creados por los deseos de la gente, y no los deseos de la gente creados por los objetos, pero incluso con esta defensa, el diseñador tiene ante sí la posibilidad de asumir una responsabilidad: Informar sobre deseo (este tema por si solo nos da para otros escritos).

En el siglo XXI los diseñadores no pueden ser solamente dadores de forma, definidores de experiencias o comunicadores.

El acto de diseñar se fundamenta en el entendimiento y comprensión de la sociedad para la cual se pretende ofrecer una solución; podemos decir incluso que el quehacer del diseñador se puede sintetizar como la capacidad de facilitar la vida de las personas, a través de respuestas encontradas en las personas mismas. Tanto así que en alguna ocasión, Bill Moggridge (Padre del termino Interaction Design) enunció que todo proceso de diseño debe iniciar, y terminar, en las personas.

Este ensayo fue escrito en el año 2015, y forma parte del primer pliego de la publicación -W-. Gracias a Vicente Tapia, a todo el equipo de W.E.Y.E.S. y Ricardo Bideau por la invitación.